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“Ema”: un drama apasionante en encontrarse a sí mismo

En los cines rusos hay cada vez más y más películas latinoamericanas. Pero incluso los nombres prominentes de directores de América Latina apenas atraen al público ruso, por no hablar de las películas independientes, creadas a partir de material cultural casi desconocido en nuestro país, aunque aborden los temas universales. Entre esas películas se encuentra “Ema” – el drama del director chileno Pablo Larraín. En tres semanas de proyección, la taquilla de la película en Rusia ascendió a 1,1 millones de rublos y la vieron 3.827 espectadores. Aunque la película no se puede llamar un extraño, ni siquiera logró ingresar al TOP-100 en 2020.

“Ema es el sol, todo gira en torno a ella, y si te acercas al sol, puedes quemarte fácilmente”.

Pablo Larraín

Sobre la película

Ema, lanzallamas y Valparaíso.
Captura de pantalla en “Ema”.

La película “Ema” cuenta la historia de la superación de una crisis personal de una joven bailarina, que de una manera muy ambigua intenta corregir sus errores y encontrarse a sí misma.

Casi de inmediato, el espectador se entera de que Ema (Mariana di Girolamo) y Gastón, su esposo y coreógrafo al mismo tiempo (Gael García Bernal), se negaron al niño adoptado por sus inclinaciones crueles.

Ema y Gastón
Captura de pantalla en “Ema”.

Lejos de facilitar la vida de los cónyuges, la decisión puso su relación al borde de la ruptura y a la sociedad en su contra y sacó a la superficie los aspectos más contradictorios y desenfrenados de su naturaleza. Es entonces cuando Ema coge un lanzallamas. Va a quemar todo con napalm para sembrar todo de nuevo. Luego deja la troupe de Gastón, así como se separa de él, para entregarse por completo al estilo musical sintético del reguetón, que le permite finalmente expresar sus sentimientos a través de su cuerpo.

Y si una heroína bisexual andrógina que busca la maternidad con un lanzallamas a mano es simplemente desalentadora, entonces los diálogos bizarros, francos y, a veces, categóricamente inapropiados pueden causar disgusto. Pero dejemos a un lado la hipocresía. Esta es una película para mayores de 16 años (incluso para mayores de 18 años en cines en línea). Y estos diálogos, como la apasionada cópula de Ema con la mayoría de los personajes de la pantalla, no son solo provocaciones atrevidas o manifestaciones hedonistas. Este es un acto egoísta de liberación, emancipación y autoconocimiento, es una especie de manifiesto político de una generación. Y la metáfora de esto es una danza.

Reguetón en la película
Captura de pantalla en “Ema”.

Originalmente el reguetón no fue parte de la idea del director, pero resultó ser un elemento de la composición y una parte fundamental de la atmósfera, que para esta película es quizás incluso más importante que la trama en sí. A decir verdad, la narración fragmentada no impide entender casi de inmediato con bastante precisión la evolución de los acontecimientos y dejarla a un lado para disfrutar plenamente de las dos principales ventajas de la película “Ema”.

La primera ventaja indudable es la atmósfera de la película en su conjunto y la atmósfera del propio puerto de Valparaíso. Varias ubicaciones de la ciudad son capturadas por el elemento frenético, ya sea un reguetón primitivo que te permite “bailar un orgasmo”, o una llama relajante y liberadora que comienza y termina todo. La ciudad también es el personaje de la película. Su textura está bellamente presentada en muchos detalles pegadizos, como graffitis descoloridos en parapetos, grúas en el puerto, escaleras, teleféricos, calles serpenteantes y, por supuesto, impresionantes vistas panorámicas al mar bajo los rayos del sol o las luces de neón.

Ema y Valparaíso
Captura de pantalla en “Ema”.

Otra ventaja indiscutible de “Ema” es la virtuosa construcción compositiva de cada cuadro del cine. El crédito es para Sergio Armstrong, el camarógrafo que había trabajado en la mayoría de las películas de Pablo Larraín. Ángulo y perspectiva, simetría, luz y sombra: todos estos elementos están integrados en una estructura clara, cuya magia es capaz de captar la atención incluso del espectador más inexperto. Los acentos sutilmente colocados agregan profundidad a las escenas no solo en la dimensión espacial, sino también en la semántica. La figura de la protagonista mueve el plan, y los detalles de composición llenan las tomas con subtexto y le permiten sentir el estado de ánimo de la escena, captar su contenido emocional y leer las oposiciones binarias no obvias de las que Ema lucha por escapar.

Sobre el director de la película “Ema”

Pablo Larraín en la 65a edición de la Berlinale International Film Festival, 2015.
Pablo Larraín en la 65a edición de la Berlinale International Film Festival, 2015. Foto: magicinfoto.

“Ema” es el octavo largometraje del chileno Pablo Larraín. Al igual que su “Jackie” (2016) nominada a un Oscar en tres categorías, “Ema” se estrenó en el Festival de Cine de Venecia. Se ha convertido en una tradición para Pablo Larraín presentar sus obras en los espacios cinematográficos más prestigiosos. Y para la industria cinematográfica mundial, ya es una tradición confiar incondicionalmente en su talento, ya que la próxima película de Larraín, “Spencer”, cuyo rodaje está en pleno apogeo, está dedicada a una figura no menos icónica que Jacqueline Kennedy – a princesa Diana.

Los trabajos de Larraín tienen algún desafío y una franqueza, aun brusquedad, a veces son designados con una clasificación por edad alta, que es muy justificada en el caso de la película “Ema”, llena de agresividad sexual deliberada y escenas provocativas.

La política es otro tema importante para Larraín: su “Autopsia” (2010), “No” (2012) y “Neruda” (2016) cubre ciertos aspectos de la historia política de Chile. La película “Ema” también trata sobre política a su propia manera. Según Larraín, el personaje es siempre político, y su Ema es la encarnación de una cierta visión política de los problemas de libertad, autoridad, familia, maternidad y amistad, visión que no siempre es clara para el director sí mismo y para su generación. Pero Larraín se niega a juzgarlo, dejándonos eso a nosotros.

Las películas de Pablo Larraín también llaman la atención con una perspectiva extraordinaria, como, por ejemplo, en la película “Club” (2015), que llevó a los autores al Gran Premio del Festival de Cine de Berlín. Y en la película “Ema” el director encuentra formas completamente inesperadas para abordar los problemas de la adopción fallida, la emancipación de la mujer, la transformación del concepto de familia y sexualidad. Como si Larraín hiciera moldes grotescos de la modernidad, los dispuso metódicamente en el plano, los pintó de neón, los llenó de un ritmo hipnótico y nos animó a comprender la impactante y atractiva ética y estética de la nueva generación.

Por lo tanto, la película “Ema” es un drama emocional y sorprendente, sobre cómo sentir la vida y encontrar la libertad. Esta película se trata de la modernidad para la modernidad. Este es un controvertido intento de comprender el mundo a través de los ojos de una nueva generación en el contexto de la ruptura de los estereotipos de género (y en América Latina, este tema es especialmente agudo) y una transformación radical de los roles sociales y las instituciones sociales fundamentales, como la familia. Es un intento comprender el mundo a través de los ojos de una generación que profesa otros valores, que piensa en otras categorías en el marco de otros paradigmas, pero que se ve obligada a superar las mismas crisis universales que, tarde o temprano, cado uno tiene que afrontar, sin perjuicio de la edad, nacionalidad o género.

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